Las personas sin hogar están expuestas a gran variedad de amenazas que pueden desembocar en problemas médicos o agravamiento de enfermedades preexistentes, debido a la pobreza extrema, el retraso en la búsqueda de atención médica o el incumplimiento del tratamiento. Entre ellas, nos encontramos las enfermedades infecciosas. Actualmente son varios los trabajos que se han realizado para analizar esta situación y, aunque los resultados difieren ligeramente entre países, todos ellos reflejan claramente que las personas sin hogar están más expuestas a padecer este tipo de enfermedades, especialmente aquellas que viven en la calle.

Un macroestudio realizado en 2015 por investigadores de la Universidad de Oxford y del Centro Karolinska de Estocolmo, liderados por el Dr. Fazel, analiza la epidemiología, las consecuencias y las recomendaciones clínicas de la tuberculosis, la hepatitis C y el SIDA, consideradas las enfermedades infecciosas más prevalentes en los ciudadanos sin techo de varios países, y que constituyen un riesgo para la salud pública.

La tuberculosis es una infección causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, con gran capacidad de adaptación al medio, y que afecta a los pulmones (dificultad respiratoria, tos, expectoraciones con sangre…), comprometiendo la funcionalidad del aparato respiratorio, y que si se complica puede propagarse a otros órganos. Uno de sus mayores riesgos es su carácter contagioso, haciendo que sea fácilmente propagable a individuos sanos a través del contacto con gotas de agua provenientes de la tos o el estornudo de las personas infectadas. Los síntomas de la enfermedad son muy inespecíficos (fiebre, cansancio, pérdida de apetito y peso…) y se recomienda consultar al médico si persisten durante unos veinte días, para descartar la tuberculosis.

Tal y como indica el NIH (National Institute of Health de los EEUU), las condiciones de vida insalubres, el hacinamiento o la desnutrición son factores de riesgo para padecer esta enfermedad. Esto hace que las personas sin hogar tengan una mayor tasa de infección tuberculosa, no solo por sus condiciones de vida, sino también por la dificultad de seguir el tratamiento en estos contextos. Esto acarrea además que las bacterias causantes de la enfermedad puedan hacerse resistentes al tratamiento, o que la enfermedad avance y se propague a otros órganos. En cambio, si la tuberculosis se diagnostica a tiempo, y el tratamiento se inicia rápidamente, el pronóstico es excelente. Por ello, resulta evidente la necesidad de tomar medidas urgentes para mejorar las condiciones de vida de las personas sin hogar y favorecer su acceso al sistema sanitario.

Como ya se ha comentado previamente en este artículo, la tasa de infectados por tuberculosis es significativamente mayor en la población que vive en calle con respecto a la población general. Concretamente, en EEUU la proporción de personas sin hogar que padecen la enfermedad es 46 veces mayor que la del resto de la población, en Reino Unido es 34 veces superior y 10 veces superior en la provincia de Ontario (Canadá). En nuestro país, un estudio llevado a cabo entre 1997 y 1998 en Barcelona encontró que el 75% de las casi 500 personas sin hogar analizadas estaban infectadas de tuberculosis, y en Sevilla las personas sin hogar que padecen la enfermedad son casi 40 veces más que la población general.

En España siempre ha habido muchos casos de tuberculosis, agravados por ejemplo con las condiciones de miseria tras la Guerra Civil. La mejora de las condiciones sociales en los años 60 y 70 disminuyó la tasa de infectados, lo que acarreó el cierre de muchos dispensarios y sanatorios dedicados a esta enfermedad, hasta que en los años 90 se invirtió en programas de control. Sin embargo, la aparición eventual de nuevos infectados, en algunos casos en centros de acogida para personas sin hogar, hace saltar las alarmas, y pone el foco en que, a pesar de tratarse de una enfermedad con baja mortalidad en España, tiene un altísimo componente social, al tener como aliados a la pobreza, el hacinamiento y la malnutrición. De hecho, y a pesar de que los afectados por tuberculosis siguen disminuyendo en nuestro país, la tasa de infección sigue siendo superior a la de los países de nuestro entorno, registrándose entre 6000 y 7000 casos cada año. Del total de afectados, entre un 25-30% son inmigrantes (que alcanzan el 50% en ciudades como Madrid y Barcelona). Sin embargo, no hay que estigmatizar, ya que no es el origen de los pacientes lo que provoca que la enfermedad se desarrolle y extienda, sino las condiciones de hacinamiento, la desnutrición y la escasez de recursos. Para agravar aún más la situación, en los últimos años ha irrumpido la tuberculosis multirresistente, ante la que los dos fármacos que se utilizan habitualmente para curarla no destruyen la bacteria. Para reducir las cifras, los expertos apuestan por la elaboración de un Plan Nacional contra esta enfermedad que unifique todos los esfuerzos individuales que se llevan a cabo para erradicarla.

Sin embargo, y a pesar de que estos datos muestran de forma muy evidente la vulnerabilidad de las personas sin hogar a padecer tuberculosis, un estudio realizado a casi 60000 individuos en 34 países indica que esta no es la enfermedad infecciosa con mayor prevalencia, ya que es superada en muchas de esas poblaciones por otras como la hepatitis C o el SIDA.

La hepatitis C es una enfermedad viral que afecta al hígado, produciendo su hinchazón y su consiguiente mal funcionamiento. Este órgano es vital para el metabolismo, la producción de bilis, la respuesta inmune, la eliminación de tóxicos de la sangre… Existen varios tipos de hepatitis C (que tiene que ver con el genotipo del virus), de los que depende la evolución y desenlace de la enfermedad. La infección crónica por hepatitis C provoca muchos problemas de salud que se deben a la aparición de un cuadro de cirrosis, en el que el hígado comienza un proceso de fibrosis que compromete gravemente su funcionalidad.

El contagio por el virus ocurre con la exposición a sangre de un paciente que padezca la enfermedad (pero no por contacto con la piel o la saliva). Esto hace que las personas con riesgo de contraer el virus sean, por ejemplo, aquellas que comparten aguja u objetos de higiene personal (como cuchillas) con individuos infectados, o que tienen relaciones sexuales sin protección con ellos. Por desgracia, estas son algunas de las situaciones a las que pueden verse expuestas las personas sin hogar.

Los tratamientos de la hepatitis C son en su mayoría antivirales, con la finalidad de eliminar el virus del organismo, lo que puede prevenir el daño hepático antes de que la cronicidad de la infección acarree insuficiencia hepática o cáncer de hígado. Una buena respuesta al tratamiento implica que el virus desaparece de la sangre pasadas 12 semanas, y es común en la mayoría de los pacientes. Actualmente no existe ninguna vacuna contra la hepatitis C, por lo que el mejor modo de evitar el contagio es la prevención.

El estudio de Fazel y colaboradores mencionado anteriormente en este artículo constata que la proporción de infectados por hepatitis C en EEUU es 4 veces mayor en las personas sin hogar que en la población general, mientras que en el Reino Unido asciende a 50 veces mayor. En nuestro país, un estudio realizado en un hospital sevillano indica que los ingresados por hepatitis C son 7 veces más entre personas sin hogar que en la población general.

Tal y como sea comentado previamente, la infección por VIH (virus de inmunodeficiencia humana) es otra de las enfermedades infecciosas de mayor prevalencia en las personas sin hogar. Este virus daña el sistema inmunitario al atacar a un tipo de glóbulos blancos, los linfocitos CD4, que tienen un papel esencial en la defensa de nuestro organismo. La destrucción de estas células implica que las personas infectadas por VIH son más susceptibles a contraer infecciones graves y ciertos tipos de cáncer.

Esta actividad deficiente del sistema inmune debida a la infección por VIH es lo que se conoce como SIDA (síndrome de inmunodeficiencia adquirida). El SIDA es la etapa final de la infección por VIH, y no todas las personas con VIH desarrollan SIDA, si bien el virus permanece de por vida en el cuerpo de la persona infectada. Se considera que una persona tiene SIDA cuando el número de linfocitos CD4 es menor a 200 por cada microlitro de sangre.

Los primeros síntomas de la infección por VIH pueden ser inflamación de los ganglios y otros parecidos a los de la gripe, que pueden desaparecer en cuestión de dos a cuatro semanas. Los síntomas graves pueden no aparecer hasta meses o años después, y durante ese tiempo, aunque el individuo no sospeche que ha sido infectado por VIH, tiene el virus en su organismo y puede infectar a otros. De no recibir tratamiento, casi todas las personas infectadas con el VIH contraerán el SIDA. Los síntomas dependen del tipo de infección particular y de la parte del cuerpo que esté infectada, si bien son comunes las infecciones pulmonares (que cursan con tos, fiebre, y dificultad para respirar), intestinales (diarrea, dolor abdominal, vómito, dificultad para tragar), la pérdida de peso y los ganglios inflamados.

El VIH puede contagiarse a través de relaciones sexuales sin protección con una persona infectada o por contacto con su sangre (por ejemplo, por intercambio de agujas para inyectar droga) y las mujeres pueden infectar a sus bebés durante el embarazo o el parto e incluso a través de la leche materna. Se ha demostrado que únicamente el semen, la sangre, el flujo vaginal y la leche materna transmiten la infección a otros, si bien el virus también se puede encontrar en saliva, lágrimas y líquido cefalorraquídeo. Sin embargo, y en contra de algunas creencias, el virus del VIH no se transmite por contacto con una persona infectada (con un abrazo, al tocar objetos…).

El virus puede detectarse con un sencillo análisis de sangre, y en caso de un resultado positivo, el tratamiento consiste en una terapia antirretroviral, que evita que el virus se reproduzca. Con tratamiento, la mayoría de las personas que presentan VIH/SIDA pueden llevar una vida normal y saludable. Los tratamientos actuales no curan la infección, pero contribuyen a disminuir la carga viral en el organismo, siempre que se tomen todos los días. En cambio, si el tratamiento se suspende, la carga viral aumentará y el conteo de linfocitos CD4 descenderá, lo cual evidentemente compromete la salud del paciente. De hecho, si los medicamentos no se toman regularmente, el virus puede volverse resistente a uno o más de los fármacos y el tratamiento puede dejar de funcionar. Tal y como se ha comentado, las personas sin hogar viven en un contexto que dificulta la adherencia al tratamiento, por lo que es muy importante poner en práctica medidas que favorezcan el seguimiento del mismo y por consiguiente mejoren la calidad de vida de los pacientes.

La tasa de infección por VIH, al igual que ocurre con el resto de enfermedades infecciosas recogidas en este artículo, es superior en los ciudadanos sin hogar que en la población general. En EEUU, esa tasa puede llegar a ser 20 veces superior. En otros países como Francia esa tasa es bastante inferior (si bien sigue siendo mayor que en la población general), quizás debido a la implantación de diferentes programas preventivos.

Como ya se ha comentado, estas son solo algunas de las amenazas a las que se enfrentan diariamente las personas sin hogar. Sin embargo y por desgracia, no son las únicas. A estas enfermedades infecciosas hay que añadir otras de la misma naturaleza, o diferente, como las enfermedades mentales, los problemas respiratorios, las heridas y traumatismos…

Estos resultados tan evidentes ponen el foco en que la identificación y el manejo de las infecciones debería formar parte de la planificación y desarrollo de recursos para personas sin hogar, ya que todas estas patologías están relacionadas con el contexto asociado a largos periodos viviendo en la calle o en refugios. Además, la aparición de estas enfermedades en la población sin hogar implica un aumento del riesgo de contagio al resto de la población, con el consiguiente impacto en la salud pública. Por ello, todos los investigadores y expertos en este tema señalan que deberían realizarse más controles en las personas sin hogar que sirvan para detectar enfermedades como la tuberculosis, que en muchos casos no manifiesta síntomas claros de sospecha. Además, se han de establecer actuaciones para valorar la susceptibilidad de las personas sin hogar a las infecciones. Estas personas deberían tener acceso a ropa y zapatos nuevos y a instalaciones sanitarias para ducharse, a un calendario estricto de vacunación y sus dosis de recuerdo (contra enfermedades contagiosas como la difteria, sarampión, hepatitis A y B, gripe), distribución gratuita de preservativos o tratamientos relacionados con infecciones como la sarna y otras parasitosis.

Clara Azpeleta Noriega, Doctora en ciencias biológicas y profesora de la UEM.

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