Madrid, invierno, una noche cualquiera. Las calles de la capital rezuman el ajetreo rutinario característico de una gran metrópoli que se dispone a terminar la jornada: tráfico lento, cierres echados, bares abiertos esperando una última caña y niños preparados para irse a la cama porque mañana hay que madrugar.

No obstante, si agudizamos la vista y nos fijamos con más detenimiento en la escena de la noche madrileña, observaremos que mientras algunos vuelven a sus casas a reponer fuerzas, más de 2.600 personas (un 25% más que hace dos años, según el último Recuento Nocturno de Personas Sin Hogar de Madrid) no tienen un hogar propio al que regresar.

Quien tenga más suerte, podrá descansar en alguna de las 1.623 plazas de alojamiento disponibles en centros municipales de la red de atención a personas sin hogar (reforzada de finales de noviembre a principios de abril por la campaña municipal contra el frío); quien tenga menos, recurrirá a parques, plazas, descampados, puentes, soportales, paradas de autobús, estaciones de trenes, cajeros automáticos, recovecos y escondrijos varios -en cuya existencia raramente reparamos- que pasarán de simples parcelas de asfalto a adquirir la cualidad de refugio ante la lluvia, el frío y las malas miradas.

Sin ir más lejos, bajo los arcos de la céntrica Plaza Mayor, el suelo gélido y desgastado que soporta a diario miles de pisadas de turistas, por la noche se ve cubierto por capas de mantas y cartones que hacen las veces de colchón para quien allí pernocta; y allí es, precisamente, donde acudimos diferentes entidades y personas voluntarias al reparto diario de café o caldo caliente acompañado de – lo que intentamos que sean- cálidas charlas.

Conocí a Félix (nombre ficticio) en enero de hace cuatro años. Las condiciones eran muy parecidas a las de ahora: oficina de información a la derecha, restos del mercadillo navideño a las espaldas, tos (la suya) y manos rojas y temblorosas (las mías). En ese entonces no sabía lo que sé ahora, no conocía los recursos, ni los albergues, ni la campaña contra el frío promovida por el Ayuntamiento, pero Félix sí estaba al tanto.

No quise preguntar, en aquel momento, dada la falta de confianza y mi desconocimiento, pero año tras año Félix seguía -y sigue- ahí, a las nueve de la noche, en la misma esquina, preparando su cama acartonada. Un día lo hice: ¿no crees que estarías mejor en un albergue? ¿Por lo menos hasta que pase el invierno? Él, tan reservado como es con sus cosas y sus circunstancias, me contestó tras un silencio algo incómodo que se encontraba mejor al raso, porque quien no ha estado en uno de esos sitos no sabe lo que son.

Ya había escuchado comentarios de mis compañeros, que habían conocido otros casos de personas que aun pasando un -muy- mal trago durmiendo en la calle se negaban a pedir un recurso de alojamiento (no solo en campaña de frío), y a lo largo de estos años a mí también me ha llegado información de primera mano: que si las colas son interminables; que si son muy pocas las camas y muchas las butacas; que si plagas de chinches; que si brotes de tifus y sarna; que si amenazas, que si peleas…. En una ocasión alguien me comentó que tuvo que salir corriendo de un centro en mitad de la noche porque otros usuarios le prendieron fuego a la manta con la que se estaba tapando.

¿Y si eres una mujer sin hogar? ¿y si estás en un recurso que no tiene en cuenta tus necesidades? ¿y si sufres violencia (física, psicológica, sexual…) por parte de otros hombres que se encuentran en tu misma situación? ¿en tu mismo centro? ¿y si lo cuentas y nadie te cree? Pues es muy probable que en este caso hipotético -que no ficticio- también te salga a cuenta dormir a la intemperie, aun a riesgo de seguir siendo blanco de agresiones.

Dada la gravedad de la situación en la que se encuentran varios miles de ciudadanos y ciudadanas en Madrid, no se pone en duda la necesidad objetiva de que existan centros de alojamiento que no solo puedan ofrecer cobijo y resguardo ante las inclemencias climáticas, sino que también sirvan como toma de contacto con la red de recursos municipales y estatales: no olvidemos que el sinhogarismo es un fenómeno estructural, complejo, procesual, dinámico y multicausal, que va más allá de una simple carencia de alojamiento y que, por tanto, brindar una cama y un techo bajo el que pernoctar es un buen gesto pero no es suficiente.

Rosario (nombre ficticio) conoce bien los recursos de la red porque lleva años entrando y saliendo de ellos de forma intermitente. Le perdimos el rastro hace unos meses, cuando decidió que no quería que su vida dependiera de las decisiones que tomaran otros; porque se había cansado de que no la tomaran enserio y pusieran constantemente en duda las necesidades que manifestaba. Utilizando sus propias palabras, sentía que quería recuperar su dignidad como persona.

El planteamiento que subyace a la red de atención de personas sin hogar no puede basarse en el buenismo y el paternalismo de las instituciones: se necesitan centros, sí, con dotaciones e infraestructuras adecuadas; con los controles sanitarios al día; con el personal auxiliar y técnico necesario, formado, sensibilizado y bien retribuido. Se necesita que la red no esté colapsada, que los servicios sociales puedan dar respuesta a las demandas de la ciudadanía. Se necesita una atención psicológica de calidad. Se necesita poner a la persona en el centro de su proceso y mirarla y tratarla con todo el respeto del mundo, porque su vida es suya y no nuestra. Se necesita que quienes, de alguna u otra forma, trabajamos en este contexto tengamos los pies muy firmes en la tierra para que no nos creamos ni mejores personas, ni más dignas, ni más sabias que quien acuda a nosotras en busca de apoyo.

Porque para construir un hogar es necesario algo más que un techo; algo más que un refugio y mucho más que un asilo. Daniela Salcedo Psicóloga

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