Hace más de un año que se fue. A, vivió sus últimos años en un soportal, no pasaba hambre, frío sí. Por las mañanas iba a una iglesia cercana, sabía que algunos le llevarían bocata, un tupper, una manta. Era conocido en San Miguel el grande, conocido y querido.

Desde mis inicios en el trabajo social, tenía asumido que una de las cosas que más atan a las personas a una situación de calle es la carencia de soporte económico, así que las veía como una unión o binomio sin disolución factible. Pasado un tiempo y a medida que fui profundizando más en el trabajo y conocimiento de esta realidad, me di cuenta de que quedarme en el simple binomio supondría no dejarme ver más allá de lo este concepto reduccionista, aunque de primeras pueda parecer lógico y tentador.

Somos bastantes los economistas del tiempo a la hora de explicar los fenómenos personales e individuales (dígase de aquellos que tienen el tiempo por valor, en nuestro caso, aquellos que anteponen el concepto a la descripción exacta del fenómeno en aras de ahorrar tiempo en la conceptualización o en el procesamiento cognitivo de una realidad determinada). Tendemos a encasillarlos en patrones rígidos y poco adaptativos que generalizan, pero obvian o dan espaldarazo a la individualización. Pero como el error de nuestro economato temporal lo sufren los clicheados, pues nos parece bien.

Con más frecuencia de la oportuna, A. rechazaba los recursos a los que tenía acceso, todas las organizaciones sociales pretendían ser la solución para su estancamiento vital sin querer comprender que él sentía que su vida estaba íntimamente ligada a la calle, a aquel pasillo frío e intempestivo que desembocaba en la calle Mayor. Desde fuera podría ser percibido como un señor barbudo y desaliñado, con cara de enfado que pasaba sus horas ahí tirado, sin levantar la cabeza y a veces, ni siquiera la vista. Pero las cosas desde fuera sólo se intuyen.

Tras mucho tiempo de visitarle en su pequeño rincón construido de cartones, un día A. habló de forma espontánea,  «¡Al fin!», Pensamos quienes le acompañábamos aquella tarde y con miradas cómplices compartimos nuestro júbilo. Por primera vez en tanto tiempo nos regalaba algo más que saludos entrecortados y frases sueltas tras su triste y seria mirada.

Pero ese día sonrió, le habíamos llevado algunos regalos (comics, unos artículos de ciencia y unas tabletas de chocolate), objetos que sabíamos que echaba de menos y supongo que fue en ese momento cuando comprendió que seguía siendo importante para ese puñado de chavales voluntarios que no faltaban a su cita semanal. Hicimos un coro tendidos junto a él en el suelo y pudimos encontrar, al fin, su mirada entre aquella negrura espesa tras la que se resguardaba. Nos sorprendió su facilidad de palabra y su don de gentes. Aquel día A. tenía ganas de conversar y, tras un tiempo compartiendo experiencias y reflexiones, terminó diciendo:

“- Con los años te adaptas y no quieres más que esto. Porque los muros que para algunos son solo adornos, para mí son los cimientos de mi casa. Estas columnas son testigo. Ya son 20 años aquí, yo en un albergue me muero. Eso no puede ser mi casa.”

Y entrecortó la frase sin dejar ni una palabra más al descubierto, después se perdió en sus pensamientos mientras me sostenía una mirada penetrante y cariñosa. Aquellas columnas ennegrecidas por el tiempo y tanto dolor, eran lo único además de sí, que consideraba suyo, eso y su historia.

Esa fue la primera vez que pensé en el “Síndrome de Street as home”. Algunas variables independientes (diferentes a las adicciones, el bajo o nulo nivel adquisitivo, las psico-patologías, etc) pueden condicionar lo suficiente como para circunscribir durante muchos años a una persona a la situación de calle.

Tengo que decir que he escuchado muchas veces eso de “esta es mi casa, no quiero irme de aquí”. ¿Por qué? ¿Para qué aferrarse al frio soportal, cuando se ofrece un recurso cálido como opción? ¿Por qué las personas sin hogar, cuando se espera que acepten cualquier cambio positivo para sus vidas, rechazan los planteamientos y procesos bien estructurados desde el punto de vista del trabajo social?

Como profesionales del campo social hemos de comprender que la situación personal de cada  una de las personas con las que trabajamos es diferente, que hay quien esté preparado para emprender el camino hacia la reinserción y quién necesite mucha más motivación para emprenderlo. Es fundamental cambiar el enfoque y acercarnos cuanto nos sea posible al punto de vista de la persona que lo ha perdido todo, que ya no se tiene ni tan siquiera a sí misma. Debemos interiorizar que como profesionales nuestro trabajo es ofrecer herramientas y acompañar en el proceso, apoyar a la persona sin recriminar recaídas o altos en el camino, pero sobre todo comprender que quien ha de sentirse identificada y comprometida con cualquier opción y cambio es la persona a la que acompañamos, ya que si falla la implicación y el convencimiento se verá abocada al fracaso.

La frustración de no ver secundadas las soluciones que consideramos mejores lleva a que los profesionales que trabajamos con las personas sin hogar nos desesperamos pensando que no saben apreciar la oportunidad, que no entienden lo que es mejor para ellas y, con desesperación y decepción, acabamos por abandonar el caso.

“Síndrome de Street as home” es el nombre que, en un intento de nombrar un fenómeno común en el trabajo social con personas sin hogar, he considerado más adecuado.

Síndrome de Street as home: se dice de aquel comportamiento persistente y recurrente de una persona, por mantenerse en su situación de calle a pesar de los reiterados esfuerzos de presentarle recursos que respondan “mejor” a sus necesidades. No se incluyen aquí aquellas personas que permanezcan en esta situación por condicionantes económicos, de inaccesibilidad a los recursos, con algún trastorno del comportamiento o psicológico.

Cuando una persona percibe que aquello que le rodea es cuanto da sentido a su existencia, no hará falta ninguna otra razón para que viva hasta morir perpetuando aquello. Es frecuente que con el dolor se creen callosidades que enturbian la perspectiva que se tiene del mundo y de la vida, que mengüen las aspiraciones y broten estados de frustración perennes que desembocan o activan resortes psicológicos de protección.

El proceso, detectadas estas características, pasa por comenzar el camino de vuelta a la percepción de dignidad y derecho a la autonomía que tiene, inherentemente a su condición social, simplemente por el hecho de ser persona. Recordarle su sitio en el mundo y no el sitio que le da el mundo, a veces ese sitio se tiene que conocer, desear, buscar y pelear hasta alcanzarlo. En una sociedad en la que el individualismo abunda, es difícil recuperar aquel lugar que nos pertenece como miembro de la ciudadanía, pero en el caso de las personas sin hogar, además de este condicionante común al modelo social actual, la lucha se hace más difícil puesto que suelen percibirse como lo más bajo de la cadena social, lo que incrementa que se estanquen en la situación en su precaria condición vital y dejen de percibir una mejora como algo viable y legítimo.

Cada persona ha de empoderarse para poder recuperar su dignidad, convencerse de su fortaleza y luchar por sus derechos. Nadie nació para vivir en un soportal, para descansar sobre cartones o vivir en el abandono, pero esta realidad se repite a diario y, a pesar de que un soportal está muy lejos de ser un hogar, puede convertirse en  el ‘palacio’ lúgubre al que pertenecen las vidas de quienes hace tiempo se convirtieron en invisibles. ADF

Author accion

More posts by accion